Una pequeña experiencia que puede estar relacionada con la disonancia cognitiva:
Despierto en el tren camino de Granada, abro los ojos y, además de sentir como algunas de mis vértebras cervicales han decidido jugar al churro-pico-tenna, veo lo siguiente:
Despierto en el tren camino de Granada, abro los ojos y, además de sentir como algunas de mis vértebras cervicales han decidido jugar al churro-pico-tenna, veo lo siguiente:
Un pequeño detalle que me hace reflexionar. Pasa habitualmente, pero desde que uno tiene un blog, tiende a pensar que cualquier reflexión es buena para escribir una entrada. ¡Y aquí estoy, portátil sobre la mesita del tren y escribiendo lo primero que pienso al ver un chiche sobre una ventanilla! Internet está lleno de sorpresas y yo contribuyo a engordar el subapartado de sorpresas que no aportan gran cosa al mundo. Pero soy feliz, obeso mi ego y me dispongo a seguir adelante.
Partimos de que el chicle no era mío. Pero supongamos que tengo un chicle en la boca. Su ansiado sabor y textura suave se han dejado caer por mi esófago y solo queda un insípido trozo de caucho que maltrata mis músculos maxilares (obsérvese como intento hacer ésto interesante al escribir rocambolescamente).
¿Qué puedo hacer?
- Continuar masticando durante unos 5 años hasta que termine por consumirse.
- Sacarlo de mi boca, envolverlo en un trozo de papel y tirarlo en una basura del tren (no veo ninguna cerca) o guardarlo para su posterior desechado.
- Sacarlo de mi boca, y en un alarde de vagueza, pegarlo donde pillo.
Mi excompañero/a de asiento optó por la opción 3. Pero seguro que a todos se nos pasan por la cabeza todas las opciones (incluida la 1). Luego está el proceso mental que nos hace decidir. Creo que prácticamente cualquier persona sabe que la opción 1 es atractiva pero no viable, la opción 2 es una mala acción y la opción 3 es la mejor de ellas, al no conocer una forma correcta de reciclar un chicle usado. Pero muchas veces elegimos la opción 2.
El único beneficio que se me ocurre es un ahorro de tiempo y de esfuerzo. Contando con que estamos en un tren de 3 horas… tiempo no nos falta. Pero supone un esfuerzo, mínimo, pero un esfuerzo.
Entramos en una pequeñísima disonancia cognitiva. Queremos pegar el chicle para evitar el esfuerzo, pero sabemos que está mal. Se nos pasan por la cabeza un chorro de buenas razones para pegarlo; “no lo va a ver nadie”, “estoy pagando un servicio que incluye la limpieza del tren”, “por un chicle no pasa nada”, “que le den por culo a todos los que no sean yo, dudo caer de nuevo en este asiento en mi vida”, etc. Y tan felices.
Lo peor es que esto me pasa a mi también, con chicles no porque no los como nunca, pero pequeños detalles de la vida cotidiana que sabemos que están mal y repercutirán en los demás en algún momento… y los hacemos igualmente. No tengo claro si es una disonancia cognitiva, puede que haya muchas otras formas de explicar esta toma de decisiones. Tengo ejemplos más claros y más interesantes que contar… pero ahora me ha venido éste.
Al final decidí recogerlo yo, era lo mínimo a hacer después de la parrafada escrita. Si casi no somos capaces de hacernos responsables de nuestras acciones, imaginad de las ajenas. No me siento mejor ni especial, pero habría estado feo ¿no?


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